Mariano Ospina Hernández (1927-2018) Escrito por José Alvear Sanín

Refiriéndose a grandes personajes que merecían, pero no alcanzaron la presidencia, los gringos dicen “the best President we never had”. De esa clase de dirigentes era Mariano Ospina Hernández, cuyo primer aniversario se cumple el 12 de marzo.

Hace ya un año —cómo corre el tiempo— se extinguió suavemente, muerte del justo desde luego, que coronó la serenidad de una existencia larga y laboriosa, siempre al servicio de su patria. Mariano era amable, prudente y caballeroso, pero al mismo tiempo firme, recto y vertical. Con tacto defendía sus posiciones, pero jamás transigía con los principios. El contradictor jamás podría doblegarlo porque todo su discurso respondía a la noción de integridad.

Mariano Ospina Hernández estaba llamado a sobresalir por el solo hecho de su primogenitura en la familia más fecunda en lo atinente al servicio público, que lo marcaría con el sello inmejorable del auténtico conservatismo, católico y patriótico. Pero eso no bastó, porque aspiró siempre a la excelencia como ingeniero, político, botánico, orquideólogo, planificador, proyectista, ideólogo. Y en todos sus campos descolló. Pocos colombianos han logrado combinar tantos saberes.

Él los sintetizó de manera admirable, de tal manera que la presidencia de la República, para Mariano, hubiera sido otro ejercicio más en su carrera de servicio, jamás una pugnaz aventura política en pos de grandeza, poder, imposición de cambios inútiles, agresivos o perjudiciales. La política para Ospina Hernández fue siempre el campo de la más elevada dedicación a su otro gran amor, la patria, inseparable del primero, su esposa y su familia.

Cómo estadista y patriota, Mariano en sus últimos años sufrió intensamente viendo la caída del país hacia los abismos de la revolución y el caos, pero mientras tantos dirigentes empresariales y políticos contemporizaban con el desorden para avanzar en negocios fabulosos o en carreras políticas apresuradas y rapaces, él permanecía fiel al ideario democrático y conservador, mientras buena parte del partido se contaminaba de clientelismo, oportunismo y venalidad.

Convencido entonces de la necesidad de preservar el estado de derecho, la política civilizada y el modelo económico productivo y desarrollista de libre empresa responsable, Ospina Hernández fundó La Linterna Azul, aventura editorial que su incomparable compañera de toda la vida, Helena Baraya, continúa con el mejor criterio y la mayor dedicación.

 



 

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